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La música, al servicio de la Palabra de Dios

“El que canta ora dos veces” decía San Agustín. La música sacra nació a principios del cristianismo como una oración cantada cargada de devoción.. En la propia Biblia observamos que la función de la música es de alabanza, adoración y glorificación de Dios. La expresión de la fe se ha desarrollado hasta nuestros días en la liturgia.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica tres de sus puntos al canto y la música. En el primero de ellos, el 1156, recoge que “la tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas…constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne”.

Establece el Catecismo en su punto 1157 tres criterios para que el canto y la música cumplan su función: “la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración”.

Por último, en el 1158 menciona que la armonía de los signos es más “expresiva y fecunda cuanto más expresa en la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que celebra”. Es bueno fomentar el “canto religioso popular” conforme a las “normas de la Iglesia” con textos que deben estar “de acuerdo con la doctrina católica”.

La música, por tanto, ocupa un lugar importante y privilegiado en la liturgia y en la vida de la Iglesia en general, muestra de ello es que cada vez son más los grupos de música cristiana que se sirven de este arte para evangelizar. La Sagrada Escritura sigue siendo fuente inagotable de textos adaptados para ser cantados. La música tiene hueco en cualquier tipo de oración, ya sea adoración, acción de gracias o petición. Los cristianos tienen un referente de tradición en las letras que interpretan en las celebraciones, herencia de la historia viva de la Iglesia universal.

Santa Cecilia, Patrona de los músicos

El 22 de noviembre se celebra el día de Santa Cecilia, joven romana martirizada por su conversión al cristianismo en esa fecha del año 230. En 1594, el papa Gregorio XIII la nombró patrona de los músicos porque había demostrado una especial sensibilidad hacia los acordes musicales de los instrumentos. Su pasión por este arte convirtió así su nombre en símbolo de la música.

El culto de santa Cecilia, bajo cuyo nombre fue construida en Roma una basílica en el siglo V, se difundió ampliamente a causa del relato de su martirio, en el que es ensalzada como ejemplo perfectísimo de Santa Cecilia siempre ha sido pintada rodeada de rosas con instrumentos: tocando el órgano, el laúd o el violín.

SAN JUAN DE ÁVILA Y LA MÚSICA

Una de las características esenciales del Santo Doctor es precisamente su dimensión catequética. Se conserva un sencillo catecismo dentro de sus obras completas que se titula “Doctrina Cristiana que se canta”. El formato de la composición del texto refleja el interés del autor por que sean cantadas cada estrofa. Como bien catequista sabe que un texto musicalizado es más fácil de memorizar. Dentro de los consejos pedagógicos que el Santo presenta él mismo subraya el hablar, participar, repetir, dialogar, cantar… Considera la música necesaria para la educación y por supuesto para la evangelización. Afirmar sus biógrafos que usó de este método cuando ya anciano en Montilla enseña a los niños en el colegio de los Padrea de la Compañía. Ponía en la fiesta del Corpus Christi a un grupo de niños decentemente ataviados, ante la custodia, para que cantaran y bailaran ante el Stmo. Sacramento. ¿Pudo ser este el inicio de los “seises”? solo sabemos que para el Santo Maestro Ávila la música era un medio de enseñanza y evangelización que llevaba a los niños a conocer y amar más a Jesús.

“Cantar al Señor llena mi vida cristiana”

Joaquín Vicent Palomar llegó al coro de la parroquia Beato Álvaro de Córdoba llamado por una necesidad interior que se despertaba cada domingo al asistir a misa con su hijo. Algo le decía que tenía que compartir con la comunidad parroquial otra de las formas de llegar a Dios como es la música.

¿Cómo llegas a formar parte del coro?

Empecé en la parroquia cuando mi hijo pequeño comenzó las catequesis de Comunión, ya existía el coro y cada domingo que asistía a misa, sentía la necesidad de entrar a formar parte de él.

Gracias a mi mujer, que me animó, no dudé en formar parte de éste. Ya había dirigido otros coros, tanto en Salesianos como en mi hermandad, y después de varios años terminé dirigiendo este coro.

¿Cómo llegas a hacer música en la Iglesia?

Hay muchas formas de llegar a Dios y una de ellas es la música. Cuando el Señor te concede este don, hay que compartirlo con la comunidad. Desde pequeño la música ha sido una parte muy importante en mi vida y he tenido la suerte de que mis padres me acercaran a Dios, por lo que siempre he intentado llevar mi música a la Iglesia.

¿Qué sentido tiene para tu vida cristiana?

Asistir a misa y poder compartir los dones que el Señor nos da con toda la parroquia, es el momento más importante de la semana. Como decía S. Agustín: “el que canta, ora dos veces”, por lo que cantar al Señor, llena mi vida cristiana y me hace compartir vivencias y momentos únicos con grandes amigos.

¿Qué crees que aporta en tu parroquia la música?

Sobre todo alegría, al cantar principalmente la misa de los domingos en la que asisten todos los niños que se preparan para la Comunión; ellos son los principales beneficiados. Empiezan a ver la misa como un momento de alegría, en el que pueden rezar y cantar junto con sus catequistas. También los mayores nos cuentan que gracias al coro, se emocionan muchas veces y viven la Eucaristía de otra manera.

¿Cuánto tiempo dedicáis a este servicio a la Iglesia?

Quedamos para ensayar un día entre semana y luego una hora antes de la celebraciones. A veces, cuando llega Adviento, Cuaresma o las Comuniones, tenemos más ensayos.

¿Lo entiendes como un servicio a la Iglesia o una expresión de fe?

Al final cuando expresamos nuestra fe, conlleva un servicio a la Iglesia, por lo tanto todo queda en uno.

Antonio murillo

Canónigo-Chantre Maestro de Capilla de la Catedral de Córdoba

«La música está al servicio de la expresión de la fe y de la Palabra de Dios»

Su sensibilidad musical amaneció tan pronto en la vida de Antonio Murillo como lo hizo su vocación sacerdotal. Con once años entró en el seminario y pronto se integra en el coro como solista. En el Seminario empieza a estudiar música, primero como alumno libre y al llegar a los cursos superiores, en el conservatorio donde culminó sus estudios. Ya ordenado sacerdote continúa estudiando Canto Gregoriano y órgano litúrgico para cimentar un currículum que lo lleva a ser el Canónigo-Chantre Maestro de Capilla de la Catedral de Córdoba.

La música es un lenguaje y Antonio Murillo lo defiende como el código que ayuda  a la comunicación con Dios. Para él, la música “nunca debe ser la protagonista de una celebración, la música debe ponerse al servicio de la palabra de Dios para que le llegue mejor a la gente para que pueda alabar y orar al Señor”, por eso defiende que no todos los lenguajes convergen en esa dimensión y en ocasiones se interpretan canciones que sí hablan de Dios a través de su letra, pero no tanto con la música, “esa música no es religiosa sino de discoteca o de pub. Interfieren dos lenguajes, la letra que sería religiosa y la música que para nada lo es”, avisa el canónigo-chartre.

La selección de las partituras requiere un conocimiento muy exacto de la liturgia porque la música está al servicio de la celebración y busca ayudar a los fieles para profundizar más en la celebración. Hay momentos meditativos en que la música conduce a la interiorización, o momentos de alabanza en que la música debe expresar la gloria de Dios. Antonio Murillo asegura que la música religiosa está “al servicio de la expresión de la fe y sobre todo al servicio de la Palabra de Dios”, por eso en su tarea diaria en la Catedral “hay que escoger el lenguaje más apropiado para cada día: no es lo mismo la alabanza la Virgen que el domingo de Cristo Rey o una misa de difuntos”.

Antonio Murillo es profesor de Música en el Seminario San Pelagio desde hace 20 años y ha grabado varios discos como resultado del perfeccionamiento de las agrupaciones musicales que ha dirigido. Así ha ocurrido en el Seminario y todavía siendo seminarista, cuando grabó un disco con la productora CBS con el nombre “Navidad en España”. Los seminaristas actuales tienen mayor predisposición ante el aprendizaje de la música, celebra el sacerdote, que defiende que “están muy interesados en la música, algo que va por etapas. Hay etapas donde hay mayor interés que en otras y mejor calidad de voz o mejor oído. La actitud de los seminaristas siempre ha sido buena y receptiva hacia la formación musical, pero los actuales están muy interesados, ponen mucho interés”.

Este sacerdote, párroco de Jesús Divino Obrero de Córdoba, ha enseñado música  a muchas generaciones de seminaristas y siempre ha estado encargado de instruir a los coros parroquiales que ha ido conociendo en sus distintos destinos parroquiales. Domina muchos estilos, por eso en La Carlota, el coro rociero de la parroquia de la Inmaculada Concepción  conoció su maestría y adquirió parte de sus conocimientos musicales, tanto que llegó a grabar un disco. También otras formaciones musicales de los pueblos de la Sierra donde tuvo destino pastoral aprendieron y perfeccionaron su práctica musical. Para el sacerdote fueron experiencias cargadas de fraternidad y cariño.

Guarda en su corazón, especialmente,  la celebración de la beatificación de los 127 mártires de la persecución religiosa en España el 16 de octubre de este año. El momento de la entronización de las reliquias de los mártires mientras irrumpía el Aleluya de Handel en el coro de la Catedral es un recuerdo visual y sonoro imborrable para su vida espiritual. Este momento le ayudó a entrar plenamente en el significado de la glorificación como ha ocurrido en otros momentos durante Réquiem de Mozart  interpretado cada 1 de noviembre. En su memoria también permanece el viaje a Roma para cantar al Papa Francisco o en  Santa María la Mayor, en una celebración presidida por el Obispo de Córdoba. Son experiencias imborrables que describen una vida unida a la música en su relación con el Señor, vivencias que muchos domingos en la Catedral, permiten decir a Antonio Murillo “que bien me encuentro con el Señor, que experiencia tan hermosa de encuentro con el Señor”.

BLAS BENÍTEZ

Parroquia de Santa Isabel de Hungría

«Ayudar a los hermanos a rezar mediante el canto, es una gracia»

¿Cómo te iniciaste en la música?

Al principio era mi madre la que quería que yo aprendiese a tocar la guitarra. Empecé a practicar pero como me resultaba muy difícil acabe dejándolo, y estuve mucho tiempo sin volver a intentarlo. Un día, tiempo después, hacía falta alguien que tocase la guitarra en las Laudes en una convivencia, y no sé cómo de repente me vi allí tocando y cantando un salmo lo menos mal que podía. A partir de ese momento sí empecé a practicar más en serio, y no he dejado de tocar hasta ahora.

¿Qué sentido tiene para tu vida cristiana tu participación en las celebraciones litúrgicas como músico-cantante?

Es un regalo del que estoy muy agradecido. Para mí la música es un elemento básico en la celebración, que ayuda a los presentes a formar parte de ella y a animarla. Poder ser yo el que realiza ese servicio, el que invita y ayuda a rezar mediante el canto a los hermanos, es una gracia. Además de todo esto, yo disfruto mucho tocando en la celebración, por el simple hecho de cantar.

La música en la liturgia

Una de las expresiones más poderosas y universales del alma es, sin lugar a dudas, la música. A lo largo de la historia ha experimentado una evolución admirable en todas las culturas como un canal de creatividad que ofrece posibilidades casi ilimitadas. San Agustín de Hipona, en un comentario al salmo 32, analizando esta necesidad de exteriorizar sentimientos para los que las palabras son insuficientes, llega a afirmar que “el júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable”. Es por ello que el canto y el sonido de instrumentos, producto del ingenio humano, son un vehículo de oración más poderoso de lo que imaginamos.

Refiriéndose a su papel en la Iglesia, la Constitución Sacrosanctum Concilium, de Vaticano II, le dedica el capítulo VI: “constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne”. Lamentablemente se tiende a entender hoy la liturgia como una serie de ceremonias, cuando en realidad se trata del diálogo incesante entre Cristo y su Esposa, la Iglesia, que eleva en todas partes un culto agradable al Padre. Precisamente es aquí donde radica la responsabilidad de los pastores como maestros de la comunidad a la que servimos, cuidando en la medida de lo posible y con los medios de los que dispongamos, una urgente educación en este ámbito. Son muy diversos los estilos que han surgido en progresivas etapas aunque, en mi opinión, hemos ido cayendo en un descuido de grandes proporciones al echar mano de composiciones demasiado manidas o viciadas en lo que al canto se refiere, por no hablar de una seria contaminación en algunos momentos concretos de la liturgia. Corregir estos excesos es bien difícil si no se retoma un enfoque formativo doctrinal sólido que eduque en la belleza, ayude a recuperar el sentido de lo sagrado y despierte la adoración, la alabanza, la acción de gracias, la meditación, la compunción o el regocijo. La buena música y el canto sagrado tienen un poder inmenso en todos estos ámbitos del alma humana; habría que dejar a un lado el prejuicio o el reparo en redescubrir composiciones que inviten a rezar y que no distraigan del misterio, sino que propicien vivirlo con plena intensidad.