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El 6 de noviembre celebramos el Día de la Iglesia Diocesana.

El Obispo nos propone una reflexión sencilla y nos anima a vivir nuestra parroquia al modo en que vivimos nuestra vida doméstica proponiendo la pregunta ¿cómo nos ofrecemos a ella? La respuesta puede ser múltiple, pero todos estamos convocados a ofrecer nuestra oración, rezar por nuestra “casa” parroquial, nuestra otra familia; orar por nuestros sacerdotes, por las familias que congrega, por los voluntarios y animadores que ofrecen su tiempo, todo podemos hacerlo en función de nuestros dones y cualidades, destinados a favorecer el bien común.

El tiempo difícil que nos ha tocado vivir supone un esfuerzo comunitario, una exigencia también material dedicada a las parroquias que más necesitan nuestra colaboración, ayudando a atender los gastos de su mantenimiento, que como en cualquier casa, también son a veces imprevistos y se suman a los gastos habituales de suministro y las necesarias reformas para poder atender mejor a la a los fieles, “para poder vivir plenamente nuestra vida comunitaria y sacramental”, puntualiza el Obispo en su saludo con un título cargado de reconocimiento: “Gracias por tanto”.

¿Qué es el bien común?

Quizás la mejor definición la encontramos en la constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium Et Spes, que nos habla de que el bien común es el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permite a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección.

Es importante subrayar como, precisamente el bien común tiene su más profundo significado en la naturaleza social del hombre. Hay un texto de los Santos Padres, de la epístola de Bernabé, que recuerda esta naturaleza social del hombre y nos dice: “no viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, como si estuvierais ya justificados, sino reuníos para buscar juntos lo que constituye el bien común”

Para comprender la realidad del bien común es importante anotar tres elementos esenciales. El primero sería el respeto a la persona en cuanto tal, de ahí que la sociedad deba permitir en cada momento que cada uno de sus miembros realice su vocación; el segundo elemento esencial para comprender el bien común, sería exigir el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo, por eso el desarrollo es el resumen de todos los derechos sociales. En este sentido, es clara la necesidad de facilitar a cada uno lo que necesita para que pueda llevar una vida verdaderamente humana.

El tercer elemento con el que podemos definir el bien común es la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. Resumidos estos tres elementos esenciales, está claro que el bien común se verifica en la realidad de una verdadera comunidad política y se sustenta en la unidad de la familia humana que agrupa a seres que poseen una misma dignidad natural, lo que implica un bien común universal. El Papa Francisco nos ha recordado en la encíclica Frateli Tutti, que aquí radica el significado más hondo y profundo de un verdadero diálogo y verdadera amistad social

Trasparencia que deja ver mucha vida

A través de nuestra oración, rezando por nuestra parroquia; a través de nuestro tiempo, dedicándolo en la parroquia a los demás; también de nuestras cualidades, aportando cada uno de nosotros lo que sabemos; y a través de nuestro apoyo económico, con un donativo participamos en el mantenimiento de nuestra Iglesia Diocesana.

La diócesis de Córdoba invirtió el pasado año un total de 23.342.132,88 euros, son gastos ordinarios destinados al mantenimiento de la Iglesia Diocesana que se dividen entre las Aportaciones pastorales y asistenciales en su mayoría (38,17%), seguido de la Conservación de edificios y gastos de funcionamiento (34,20%); la retribución del clero (14,29%) y del personal seglar (11,89%) y aportaciones a los centros de formación (0,24%).

El total del gasto que se da a conocer con motivo del Día de la Iglesia Diocesana se ajusta a los ingresos que tuvo la Diócesis durante el año 2021 en su capítulo de Ingresos ordinarios. En esta cuenta de resultados, la Iglesia gasta el dinero que reciben atender las necesidades pastorales, celebrativas o de mantenimiento de cada parroquia. Estos ingresos ordinarios proceden en su mayoría de las aportaciones directas de los fieles (38,57%) y de la asignación tributaria (23,41%), principalmente.