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22 De Octubre – Domund 2023

193 vidas entregadas a la misión

Ciento noventa y tres misioneros cordobeses se reparten por todo el mundo para anunciar el Evangelio en los cinco continentes. Cada penúltimo domingo de octubre, la Iglesia celebra el domingo mundial de las Misiones para comprobar que “la tarea misionera de la Iglesia no surge por un imperativo voluntarista, sino por la experiencia de un encuentro con Jesús, que calienta el corazón e impulsa a ir comunicarlo a los hermanos”, como explica el obispo de Córdoba en su carta pastoral del tercer domingo de octubre.

Por continentes, el mayor número de los misioneros cordobeses se encuentra en América (92) seguido de Europa (76), Asia (12), África (11) y Oceanía (2), todos ellos participan con su labor misionera en las periferias geográficas, que dialogan “con las urgencias de las periferias existenciales, sociales y culturales que nosotros estamos viviendo”, explica el Delegado Diocesano de Misiones, Antonio Evans

“Cristo está vivo y nuestra misión es iluminar, es contagiar”

“Nuestra misión es iluminar, es contagiar con la opción preferencial en la periferia”, asegura el párroco de San Nicolás de la Villa, siempre en contacto con  los misioneros de Córdoba que resalta la indicación del Papa Francisco,  que invita  aponer a la toda la Iglesia en estado de misión.

Hay comunidades misioneras que habitan lugares en guerra y allí donde se persigue la fe católica como en Nicaragua, y otros en países donde la desafección se ha hecho presente en la legislación; también donde la pobreza y la ausencia de medidas sanitarias diezman a la población. Todos juntos celebran cada cuarto domingo de octubre el día del Domund, este año con un lema: corazones ardientes, pies en camino.

Retrato de un misionero

El sacerdote Edwin Osaleh se contagió de la alegría de las hermana de la Consolata y se hizo misionero. Sus vidas felices impactaron en sus inquietudes juveniles y prendió la vocación “me impactó el bien que hacían y que eran felices, yo quise ser misionero para hacer lo que ellas hacían”. Tenía unos 15 o 16 años y a partir de ahí todo fue evolucionando hasta conocer a un  sacerdotes que le ayudaron a entrar en el seminario, a formarse y a estudiar todo para ser misionero.

En España, Zaragoza y Málaga han sido sus destinos y ahora vive en Marruecos, en la frontera con Argelia. En nuestro país ha encontrado diferencias con el país africano porque observa a aquí un abandono de la fe en la práctica y dar a conocer a Jesús implica “pode llegar” a las realidades de sufrimiento y otras necesidades de nuestro entorno: la soledad es una de esas periferias existenciales que ha afrontado Edwin en España.

Él ha estado al lado de muchas personas necesitadas de consuelo y de compañía. En Marruecos las ausencias son otras y allí encuentra personas “te dicen que son cristianos, que quisiera… quisieran abrazar la fe, que quisiera ser bautizado, pero como no hay esa libertad, no pueden hacerlo”.

En áfrica el lugar de los mayores es protegido e irremplazable, en Europa, “tendemos a abandonar, a olvidarnos de la gente mayor, precisamente cuando paso por los colegios, les recuerdo eso. Presento normalmente a mi abuela”.

Por su experiencia en las parroquias españolas donde ha servido ha comprobado cómo han buscado su ayuda para hablar de su soledad “y creo que es importante que estemos más atentos, estemos más cercanos porque a veces pensamos en la gente que está muy lejos y nos olvidamos lo que está a nuestro alrededor”. Su modo de anunciar a Cristo no tiene límites en la las latitudes, sino en el corazón.

Durante su estancia en Córdoba ha dado en parroquias y en institutos, donde “hacer el bien” ha calado en muchos jóvenes como una decisión radical que a muchos explica la consistencia de su vida misionera,  “lo que más les ha impactado es el tema de hacer el bien, aunque no hablemos de la fe, pero sí hacer el bien, cambiar las cosas”. Incluso los que no estaban muy atentos, despertaban el interés al escuchar cosas concretas porque eso los revestía de valor, “puedo hacerlo pero les interesa pues a lo mejor necesitan un poco de empujón y pueden hacerlo también”.

Semana de la caridad misionera

El Octubre Misionero culmina en esta cuarta semana, dedicada a la caridad misionera como apoyo para el inmenso trabajo de evangelización y de la formación cristiana de las Iglesias más necesitadas.

La caridad es la prueba de nuestra fe y de nuestra esperanza. La caridad se convierte en programa de vida para la Iglesia apoyando materialmente el trabajo de la evangelización: anunciar a un Dios hecho hombre, que acompaña a cada criatura en su caminar ofreciendo amor, sentido a la vida y esperanza. La caridad urge a la opción preferencial por los más alejados, empobrecidos y marginados… Se manifiesta en amar lo no amable, soportar lo insoportable, esperar contra toda esperanza, en reaccionar siempre amando… Se acrisola en el perdón, en entregar la vida por los que te la quitan…

Los misioneros han de ser personas que han acogido el amor de Dios en sus corazones, despertando en ellos un amor divino, gratuito y fiel, capaz de llevar esperanza, reconciliación, y comunión.

Un amor misericordioso capaz de conducir hacia el camino del bien. «Es un doble amor –nos dice el Papa Francisco–: el que Cristo tiene por nosotros, que atrae, inspira y suscita el nuestro por Él. Y este amor es el que hace que la Iglesia en salida sea siempre joven, con todos sus miembros en misión para anunciar el Evangelio de Cristo, convencidos de que «Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2Co 2, 14-15)». Todos pueden contribuir a este movimiento misionero con la oración y la acción, con la ofrenda de dinero y de sacrificios, y con el propio testimonio».

Como todos los años, hay que recordar que están esperando de nuestra caridad: millones de personas que viven en la más absoluta pobreza; millones que nacen viven y mueren sin hogar; millones que mueren de hambre; millones de refugiados; y un desgraciado largo etc. de dolor, sufrimiento, injusticia, desesperanza y desolación.