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Entrevista a Pablo Gordillo

«Deseamos que nuestra Comunidad sea fermento de santidad en la Iglesia de Córdoba»

Hay un lugar en Córdoba, entre Villaralto e Hinojosa del Duque, en el que la oración, la soledad y la contemplación serán alabanza constante a Dios. En este enclave, donde la fe en Cristo se ha proclamado en la gente laboriosa y sencilla del campo, donde la creación ofrece tierra de labor y de esa se establece la segunda Comunidad de Eremitas Camaldulenses de Monte Corona, la segunda comunidad masculina de Andalucía, junto a la de Santa María de Escalonia de Hornachuelos, también en nuestra Diócesis. La Comunidad recibirá el nombre de Yermo de la Inmaculada Concepción. El padre Pablo Gordillo se afana en estos días en la Constitución de esta nueva comunidad contemplativa

¿Orar y contemplar a Dios padre es mejor en soledad?

La soledad favorece, pero no se debería de poner demasiado el acento si eso supone que quien no tenga soledad desista de ella. El fin de la soledad es facilitar la escucha a Dios, eliminando otros ruidos, y, en este sentido, la soledad siempre favorece. Lo esencial es acentuar la escucha de Dios para poder tener una vida de oración.

Ahora que se afana en la constitución de esta nueva comunidad contemplativa queremos saber más de usted ¿Cómo logró usted reconocer una vocación tan específica? ¿Qué signos de Dios le ayudaron?

Los signos fundamentales para reconocer la voluntad de Dios son encontrar la paz y la alegría. El Señor nunca se impone, respeta al máximo nuestra libertad, nos hace sus propuestas y a nosotros nos toca responder libremente. Siempre queda un margen en la fe que necesita de nuestra parte un acto de confianza en Dios. Mi proceso vocacional ha sido bastante progresivo y particular. A lo largo de mi vida religiosa he dado distintos pasos y los signos han sido siempre estos, entender que Dios me proponía, por un deseo interno, un camino concreto e intentar responderle desde la paz y la alegría y caminar en esa dirección. Como religioso, un criterio determinante ha sido el de la obediencia, el de obtener la aprobación de los superiores para dar un paso, porque siempre en la vida religiosa se entiende que la manifestación más segura y más directa para un religioso de la voluntad de Dios es la conformidad de sus superiores. La paz, la alegría interior y la obediencia han sido los criterios a la hora de ir dando pasos progresivos en la búsqueda de Dios.

Paz y alegría interior que no le ofrecía el mundo anterior en el que usted vivía. Se preparaba para ser notario y en ese momento surge la vocación ¿No había tanta alegría ni tanta paz en aquel momento?

Las había pero faltaba algo, gracias a Dios yo estaba contento, estaba bien, pero sentía un vacío interior que no se había llenado. Con ayuda del acompañamiento espiritual lo interpreté como una posible llamada a un paso en la dirección de una consagración más total al Señor. Cuando lo he dado la paz y la alegría se han acentuado y esto es lo que he interpretado como una confirmación de que el Señor realmente me llevaba por ahí.

¿Cuando hablamos de crisis de vocaciones, qué factores serían los responsables en la actualidad?

No soy un entendido en estas cosas, pero pienso que si se habla siempre como un motivo de la falta de natalidad, está claro que puede ser un factor. A mi juicio un motivo importante de la falta de nuevas vocaciones puede estar en la dificultad que hoy existe para escuchar la voz de Dios. La sociedad y la cultura no favorecen y los jóvenes y personas que tendrían que tener una opción de vida normalmente no están muy estimulados en orientar sus vidas por un camino de búsqueda de Dios, en una consagración religiosa. Dios sigue llamando pero es siempre muy respetuoso y no se impone, entonces si la persona no tiene actitud de escucha difícilmente puede oír la voz de Dios y más difícilmente responderle.

Desde la soledad ¿Cómo perciben nuestra vida precisamente llena de ruidos y de prisas, inmersa en mil avatares?

La percibimos como algo bueno, nosotros somos conscientes de que nuestra vocación a la vida solitaria es algo minoritario, es una función concreta dentro de la Iglesia como cuerpo de Cristo que no podría existir si no hubiera otras personas que vivieran su fe y se entregaran a Dios en otras áreas de dimensión mucho más misionera, más apostólica y, por supuesto, la de los cristianos que viven su fe en el ámbito de la familia, que me parece una vocación cristiana fundamental.

El problema está en que parece que la cultura ambiental no favorece una actitud religiosa, de orientación a Dios, de contar con Dios en la propia vida, y esto reduce mucho la posibilidad de felicidad y de realización humana. Al contrario de lo que parece que nos quieren vender, de que la religión es una limitación e impide al hombre llegar a su felicidad plena y desarrollar su libertad, me parece que el ruido, el bullicio, la ansiedad y el estrés en gran parte derivan de aquí. Si una persona cristiana vive su vida en la sociedad, a la luz de la fe y desde la unión con Dios, puede vivir dentro de una gran actividad, con una paz profunda y con una satisfacción que no quita el sacrificio y la entrega, pero que no supone una ansiedad, una frustración, que es lo que parece que hoy se ve mucho en la sociedad, desgraciadamente.

Usted se formó en las Ermitas de Córdoba, ¿Se imagina el futuro en el Yermo de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora con muchos hermanos Camaldulenses?

Las comunidades eremíticas normalmente siempre han sido reducidas, de hecho en nuestra orden camaldulense San Romualdo, nuestro fundador, la primera comunidad eremítica que estableció en la Camáldula en Italia la fundó con cinco ermitaños. Posteriormente, cuando nace la rama camaldulense de Monte Corona, a la que nosotros pertenecemos, nuestro fundador, el beato Pablo Justiniani, estableció comunidades de cinco o seis personas. Una comunidad eremítica por su naturaleza nunca es muy numerosa que llegue a diez, doce personas sería ya más que más que suficiente. Nuestras comunidades funcionan perfectamente con cinco o seis hermanos, lo que deseamos es que sea una comunidad fiel a este carisma y dé gloria a Dios y que, a través de la ofrenda de su vida sea fermento de santidad en la Iglesia de Córdoba y en la sociedad en la que vivimos.

¿Cómo es su vida en Comunidad?

Nuestra vida además de ser eremítica, bastante marcada por la soledad, nos caracterizamos por seguir la regla de San Benito, que a pesar de estar orientada a la vida comunitaria, nosotros la hemos adaptado a la vida solitaria. La oración estructura la vida comunitaria de San Benito, el rezo del oficio divino, orar en nombre de la Iglesia en diversos momentos del día con el fin de contribuir en la santificación del tiempo. Nuestra vida se distribuye entre momentos de soledad en la celda, que hablamos de celda para referirnos a una pequeña casita, donde el ermitaño vive independiente de los otros, y los siete momentos de encuentro en la Iglesia con los hermanos que tenemos al día, entre las cuatro de la madrugada, que es el primero y las siete y media de la tarde, que es el último, para celebrar la liturgia de las horas.

El resto del día se distribuye entre momentos de trabajo, normalmente trabajo muy simple para que no ocupe al monje, no le absorba y pueda perder la presencia de Dios. También tenemos momentos de soledad en la celda que dedicamos a la lectura y a la oración de forma libre.

¿Qué significado tiene para ustedes la diócesis de Córdoba que acoge hasta dos comunidades?

Estamos muy agradecidos a la diócesis de Córdoba porque esta fundación surgió en un momento en el que la primera comunidad que tenemos en España no tenía lugar para recibir las vocaciones que había. La congregación pensó en la necesidad de buscar un sitio donde hacer una nueva fundación, pero somos una comunidad muy pobre y no teníamos medios materiales. El obispo de Córdoba nos acogió con mucha generosidad y con mucha alegría de poder tener una presencia contemplativa eremítica en la Diócesis. Para nosotros supone una gran responsabilidad el responder a la acogida que se nos ha prestado.

También tiene un sentido particular para nosotros el hecho de ser en Andalucía, en la tierra de María Santísima, además que haya sido en la celebración del 500 aniversario del nacimiento de la congregación de Monte Corona. La acogida de la diócesis de Córdoba la vemos como una bendición de Dios y tenemos el gran deseo de vivir lo más fielmente nuestra vida en este Yermo que empieza a dar los primeros pasos.