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«Durante el secuestro, el Señor me rescató»

TESTIMONIO DE FE TRAS UN CAUTIVERIO

Marino Restrepo nació en una pequeña ciudad de cultivadores de café ubicada en las montañas de los Andes de Colombia, en una familia católica. En la Navidad del año 1997, fue secuestrado por la guerrilla de las FARC durante seis meses. El secuestro tiene diversos episodios, pero lo más importante es el encuentro que tiene con el Señor. Este hecho determinante rompe con una vida dedicada al arte, inmerso en la industria del entretenimiento. Durante 33 años estuvo muy lejos de Dios. Después, en 1999 fundó en Bogotá, Colombia la misión católica Peregrinos del Amor, reconocida y aprobada por la Arquidiócesis de Bogotá, ha evangelizado por 120 países en los 5 continentes. El Convento de San José de las Carmelitas Descalzas de Aguilar de la Frontera ha contado con su presencia esta semana. Un testimonio de fe que descubre tras su cautiverio.

¿Qué siente uno al ser secuestrado, al ser privado de libertad?

Cuando ocurre el secuestro yo soy un hombre muy del mundo, no tengo a Dios; por tanto la experiencia del secuestro fue mucho más grave porque no tenía ningún apoyo espiritual para defenderme.

¿Cómo descubre la presencia de Dios en su vida?¿Cómo era su vida anterior?

Soy un católico de cuna, a los 14 años me alejé de la Iglesia Católica, pertenezco a la generación de los años 70. Estando en Colombia viví una experiencia muy grave con la guerrilla colombiana, que me secuestró. Durante ese secuestro tuve una experiencia mística con Dios que cambió mi vida. Fue el Señor el que me rescató, porque yo no lo estaba buscando. No era consciente de los pasos que estaba dando hasta tener un encuentro con Él.

Toda persona ha sido creada para ser salvada. Usted piensa en la responsabilidad que tenemos como católicos. Según su experiencia, ¿cómo debemos mostrarnos al mundo?

Pienso que como católicos tenemos que tener conciencia de que somos un pueblo escogido, predestinado, como decía San Juan pablo II. Tenemos una responsabilidad y nos damos cuenta cuando Jesús escoge a sus apóstoles, a sus pescadores de hombres. Esos apóstoles somos nosotros. Debemos invitar a un encuentro a la vida eterna desde esta temporalidad. Nuestra responsabilidad es compartir con el mundo, especialmente con aquellos que ya conocen a Cristo. Debemos tener una vida cristiana, sumergida en la realidad de esta vida pero orientada a la vida eterna: así podemos contagiar con nuestra fe a muchas personas que no conocer al Señor.

¿Qué nos quiere decir usted cuando dice que no hay católico con vida insignificante?

Nosotros como católicos somos instrumentos eucarísticos de reparación, así nos lo rebela el Señor. Esto nos convierte en personas extremadamente importantes desde nuestra pequeña habilidad para la salvación de las almas, desde la economía de la salvación. Cada vez que nosotros comulgamos y estamos en gracias de Dios, podemos rescatar almas; por tanto no existe un católico insignificante por pequeña que considere su vida. Cada vez que una persona comulga, Dios está haciendo cosas muy importantes a través de esa eucaristía.

Para usted, lo más importante de la Iglesia son nuestros sacerdotes y consagrados, pide vocaciones. ¿Con cuántos sacerdotes se ha encontrado en su vida que lo han transformado, que lo han ayudado en su camino?

El primero fue un sacerdote que conocí en el Santuario de Lourdes, después de un viaje a África muy difícil por el impacto de todo lo vivido en Uganda. Allí me confesé con él y él me dijo que mi confesión no era común, me preguntó por mi experiencia de Dios y le conté mi trayectoria. Ante mi relato, él me dijo que había sido sacerdote durante 53 años y que  había caminado mucho tiempo hasta alcanzar la conversión. Fue una lección muy importante para mí. Después de eso me he encontrado con sacerdotes en comunidades y misioneros, todos me han dado esperanza, junto a muchas religiosas que he conocido. He tenido la bendición de compartir mi experiencia con muchas comunidades religiosas en muchos países y he recibido testimonios de entrega a Dios que me han impresionado, que son motivo de esperanza y muestra a la Iglesia en sus entrañas espirituales. Algo precioso.